November 20, 2004

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Mariachis no se rajan

 Eileen Truax,

Especial para La Opinión

Con la melodía El son de la negra como fondo musical, un pequeño grupo de mariachis, un sacerdote, dos abogados, algunos líderes comunitarios y vecinos curiosos de Boyle Heights convocaron a los medios para protestar por la remodelación y el intento de desalojo de los inquilinos de un edificio ubicado frente a la Plaza del Mariachi.

Este caso, que hoy está llamando la atención de algunos medios y organizaciones, en realidad es una muestra de uno de los problemas de vivienda que empiezan a ser frecuentes en Los Angeles. Algunos edificios viejos que no han recibido mantenimiento durante años y que son de renta controlada requieren reparaciones y remodelaciones urgentes. Para ello, es preciso reubicar a los inquilinos y darles un monto de compensación. Sin embargo, estas personas reubicadas deberán ir a otras viviendas con rentas más altas que no pueden pagar, y lo mismo ocurre si deciden regresar a los espacios remodelados.

El edificio ubicado en el 103 de North Boyle Heights, en la esquina con la calle Primera, atraviesa por esta situación. Recientemente adquirido por la organización no lucrativa Asambleas de Dios Ebenezer, este inmueble alojó hace algunos años al Hotel Boyle y hoy es el hogar de 32 familias, algunas de ellas integradas por músicos que encuentran su fuente de trabajo en la Plaza del Mariachi.

Yolanda Morfín, residente del edificio desde hace 20 años, considera que tras la compra los nuevos dueños tienen la consigna de echar a la calle a los actuales inquilinos para incrementar el costo de la renta. “Con el pretexto de las remodelaciones hicieron hoyos en las paredes, derrumbaron muros y nos dejaron con un solo baño funcionando para más de 50 personas”, explica.

El departamento que comparte con su esposo José y con sus tres hijos es uno de los espacios “privilegiados” dentro del edificio, ya que cuenta con un baño propio. Sin embargo, hoy está comunicado por un enorme agujero con el baño de uso común, por lo que esta familia ha tenido que poner cinta adhesiva y cartones para impedir la vista de un lado a otro. Y de cualquier manera no lo pueden usar mucho: al abrir la llave de la bañera sólo sale un raquítico chorrito de agua caliente.

El resto del edificio está en condiciones deplorables, que reflejan la falta de mantenimiento y el abandono de muchos años. Huele a humedad, las paredes están descascaradas, las tuberías no funcionan, las escaleras son endebles. Carmen Olivo, gerente de construcción del edificio, explica que tal deterioro no es producto del cambio de dueño, sino de las décadas de descuido por parte del dueño anterior y de quien fue administrador durante los años anteriores; este cargo lo ocupó José Morfín, el marido de Yolanda.

Olivo asegura que los nuevos propietarios, como grupo religioso, de ninguna manera pretenden dejar a la gente sin hogar. Sin embargo, esta iglesia presentó una solicitud a la Ciudad de Los Angeles para quedar exenta de la regulación de control de rentas en el inmueble, alegando su calidad de organización no lucrativa. Esta solicitud les fue negada. El siguiente paso, entonces, fue ofrecer la reubicación con la debida remuneración económica; la mayoría de la gente no aceptó. Así que, con los habitantes presentes, inició la remodelación.

Tras una revisión del lugar, el Departamento de Salud colocó avisos sobre los altos contenidos de plomo en la pintura de la estructura del edificio, que pueden dañar a niños y a personas con padecimientos respiratorios. Como consecuencia de los trabajos, hay en el aire un polvo finísimo que se mete en la garganta e irrita los ojos y la piel; falta el agua, en ocasiones la luz, y los restos de paredes derruidas se amontonan en los pasillos. Así ha vivido esta gente durante siete meses, algunos de ellos, como Yolanda, con tres niños.

“Yo no creo que ellos quieran dar el dinero para la reubicación, pero aun así, a mí no me conviene, porque ese dinero no me va a durar si me voy a otro lugar a pagar una renta mucho más cara”, explica Yolanda. “Yo quiero que me instalen en un lugar mientras remodelan y regresar a mi casa ya arreglada pagando lo mismo”.

El caso de doña Juana González es diferente. Su marido también es mariachi y ambos están contentos con la remodelación de su departamento, uno de los primeros en quedar listo. “Ahora tenemos la cocina y tenemos el baño aquí adentro, no tengo que andar con la toalla por todo el pasillo”. Al preguntarle sobre las molestias durante la remodelación, explica que no sufrió grandes incomodidades. “Nosotros no estamos aquí durante el día, y cuando estamos cerramos la puerta para que no entre el polvo ni el ruido”, señala. Ambos aseguran no saber nada de las quejas de sus vecinos.

Mientras los trabajos de remodelación continúan, el consejo que han recibido quienes se quejan es que, a pesar de la incomodidad y los riesgos, no salgan de sus casas. “No debemos permitir que sigan ocurriendo estas injusticias con la gente que menos tiene”, afirmó Elizabeth Blaney, integrante de la Unión de Vecinos. Esta y otras organizaciones involucradas en la protesta han anunciado una manifestación de apoyo el próximo martes a las 12:30 en el mismo lugar.